Cambios

Tengo las cosas cambiadas de sitio:
emparejo calcetines y guantes,
me dejo los apuntes en la nevera,
el mando a distancia en el coche,
y sus llaves, en realidad, nunca tuvieron un sitio.

Tropiezo porque tengo los peluches tirados en la entrada,
me bebo contigo el fregasuelos,
y los poemarios de Juan Ramón me aborrecen desde los estantes del baño,
mientras yo duermo a los pies de la cama.

No es dislexia,
pero muchas veces me equivoco de palabras,
las cambio de orden,
las mezclo con otras
y creo nuevas que nadie entiende.

Los ojos se me quedan clavados en no sé qué,
las manos, siempre, siempre en ti
y sino, en no sé dónde.

Voy con las pulsaciones desaceleradas,
las ideas hechas un orden,
y en los papeles, el caos.

Y en resumen, es todo un sólo momento:
a veces te veo y estoy sudando de puro frío,
y es el corazón el que se baja
a latirme en el coño.

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La vida en gris (II)

          La primera lección que te da la vida es siempre la misma: todo pasa y la vida sigue.  Lo mismo da que metas la pata tú o que se alineen los astros con tal de darte una lección: te tragas el mal trago, te tragas el orgullo si hace falta, sientes durante un tiempo un nudo en el cuello que a veces se va apretando más y más…pero al final, pasa. En ocasiones te traicionan los sentidos… Pero ya lo dijo Machado: “lo nuestro es pasar”.   Así que todo pasa. La vida sigue.

         Luego viene lo de que la vida es agua.  Descubres que lo mismo llueve  fuera que se te inundan las cuencas a ti. Lo mismo corres de miedo y sudas, que te la suda todo y te corres. Así que a eso iba: casi todo lo importante es agua. Ni más ni menos. Lo mismo te matas de sed que te  ahogas. Y te van cayendo las hostias y se van pasando… Y es que da igual. Porque,  al final, de tanto vivir con el agua al cuello te acabas traicionando a ti misma. Y te hartas. De la presión, de la tensión. Del agua que no deja de caer. Nunca sabes dónde meter el dolor aunque sabes que se pasa. Buscas consuelo en los detalles más tontos del día a día y, como todo pasa, te acabas tropezando con las mismas piedras todos los días. Así que una mañana quitas todo lo superficial y te quedas contigo misma y te descubres una necesidad: que se pase también la vida.

Cimientos

          Hay personas que son como los cimientos de una casa: no los vemos, pero están ahí. Y están cargando con todo el peso a sus espaldas. Nos quedamos con las casas grandes. Nos gustan: cuánto más palaciegas, mejor. Y nos olvidamos de que, cuánto mayor es la construcción, tanto más profundos y sólidos han de ser sus cimientos. La mayoría de las veces ni nos acordamos de que están ahí. Simplemente entramos, pisamos el suelo sin causa ni consciencia, admiramos la belleza de lo que contiene, damos un paseo y nos vamos de vuelta, mientras ellos siguen ahí, aguantando, sin decir mu. Son los que vertebran todas las demás estructuras. Los que ponen las bases a todo. Los que ponen la mano y el respaldo. Los que nos empujan al escenario y se quedan detrás. Los que se apagan para que el resto luzcamos más.

        Son las raíces que tenemos: personas que nos mantienen, firmemente, en nuestro sitio. Nos toman con fuerza y no dejan que una ventisca  nos lleve volando. Tampoco vemos las raíces, pero cuando llueve fuerte, cuando llueve sobre mojado, las sentimos agarrándonos desde dentro. Manteniéndonos en tierra. Personas que no vemos, pero que están ahí, en todos los ámbitos de la vida, en todas las instituciones: trabajando, aguantando. Siempre. Hasta el último momento. Se meten en tierra, se meten el mundo entero en el corazón, y nos dan vida a los demás. Personas que hacen que la palabra equipo pierda sentido, porque los demás damos igual: los imprescindibles son ellos. Los que llegan los primeros y se van los últimos y se quedan a apagar las luces, y a echarse el mundo a la espalda, otra vez, y se van sin más. Sin oír el aplauso que se merecen. Personas que nos han llevado a todos nuestros méritos sin que nos diéramos cuenta si quiera. Personas que nunca han dejado de estar para el bien de todos, menos el suyo propio. Que se merecen un monumento por el día a día. Por todas las veces que entramos y pasamos de largo y no nos damos cuenta de que están ahí. Que están siempre. Que son insustituibles. Que son como tú, que le has puesto las bases a este mundo que compartimos ahora.

Te quiero

              Como verdad irrefutable: te quiero. Me duele la cabeza y te quiero. Voy a comer y te quiero. Salgo a correr y te quiero. Llueve y te quiero. Voy al frigorífico, cojo chocolate Milka con Oreo, y te quiero mientras me trago la tableta entera y le doy respuesta a mi ansiedad. Te quiero siempre. La gente me pregunta qué me pasa cuando voy perdida. Como si no fuera obvio que te quiero en todos los pasos que doy en el camino de vuelta a casa. He aprendido a vivir con ello. Vamos de la mano. Te quiero siempre. Cuando salgo, cuando entro, cuando vuelvo. Te quiero cuando sonrío de repente sin porqué mientras miro el paisaje a través del cristal del autobús cuando voy de camino a hacer papeleo. Te quiero, sobre todo, cuando no me quiero a mí misma. Sería muy utópico decirte que te quiero hasta la muerte, pero ten en cuenta que la vida ya me ha dado todas las hostias posibles e imaginables y te sigo queriendo, a pesar de todas las muertes que han venido a tratar de llevarnos.

              Quiero a tu perfume cuando pasa por la calle,  me acelera el pulso, y se pierde en una multitud de espaldas que se llevan consigo, flotante, tu olor a paraíso. Tu olor a Polo Blue de Ralph Lauren, a tabaco y a sexo.  Tu olor a prodigio. Te quiero cuando como y cuando no. Sobre todo cuando no. Te quiero cada vez que me miro al espejo y eres lo que me separa de la realidad. Lo que me hace libre. Lo que me hace quererte. Podría seguir por mucho más. Sencillamente, podría pasarme la eternidad diciéndote que te quiero en las medias sonrisas, en los programas de la mañana, en los tacones que me pongo para sentirme más mujer y más tuya. Te quiero siempre. En todos los momentos. Dentro y fuera. No te lo podría resumir de ninguna forma. Te quiero. Te quiero siempre. Sin más. Incluso cuando no es posible. Incluso cuando tú no me quieres. Incluso cuando se derrumba el mundo. Olvídate de todo. Quédate con esto. Quédate conmigo. Quédate con que te quiero.

Breves acotaciones a un amor de verano.

      Le quieres. No te quiere. Piensas que sufres por el amor que no recibes. Te equivocas, cielo. El amor que te rompe es el que no das. El que se te acumula en el pecho porque no sale y te agrieta desde dentro. El que te grita en la garganta hasta estallarte los tímpanos y no has dicho ni mú, vida, pero el amor no está hecho para callar. El amor que te rompe es el que no das. El que te distrae de la rutina y no te devuelve a la vida. Al que no miras y te ciega la vista. El amor que no goza tu cuello, cabello, labio, frente se acaba convirtiendo en cristal doliente. El amor que no das, vida, es el que te mata.

Cicatrices

        Te pones un precio. Te vendes barato. Te vendes siempre por menos de lo que vales. Te vendes por un amor de verano que desde el principio supo a rancio. Vendes tu alma con tal de que dure. Por ahí leí que cuando pones tanto en todo, lo normal, es salir lleno de cicatrices. Lo mismo son todo malos amores. Lo mismo, la vida es un mal amor. Lo mismo pones tanto de ti en todas partes que, al final, no  bastas en ninguna. Y ni así vales. Porque el amor, cielo, el amor de verano, está viviendo su propia primavera mientras llueve y se te calan hasta los huesos y ni comienza el verano, ni se pasa el amor. Y al final te envenenas. Tú sigues con la dialéctica, con la vida, con el no reconocer que el tiempo pasa. Es  tóxico esto de andar bebiéndose el desamor por las esquinas. Y a eso te saben las palabras. A veneno. A cicatriz. ¿Dónde perdiste la dulzura, niña? Pues así: una a una. Por ti, por mi, por los “ y si”, por el “inténtalo una vez más”. Por los cabezazos que nos damos con el recuerdo antes de dormirnos para no soñar. Y al final estás incómoda hasta dentro de tu propia piel. Me han dicho que nunca vuelve a doler igual. Que nunca es como a los veintitrés. Que el primero, nunca es el primero y que, lo mejor, es dejar de ponerse un precio.

Retahílas

          No sabría decir qué, pero algo hay en mí que se desborda. A veces, simplemente paseando, arranco a llorar de la nada. Me pasa muy a menudo. Lo de llorar, digo. Casi nunca lloro cuando es el momento. Pero, a veces, me siento a tomar un café con algún viejo amigo y, entonces, mientras hablamos de las cosas más banales que se puedan imaginar, lloro. Se me caen las lágrimas solas. Ni siquiera yo sé porqué. Quizás porque de alguna manera yo, como tantos otros, me he llenado de un montón de cosas que nunca he dejado salir. Siempre he pensado que me ha quedado demasiado amor por dar. Lo mismo es por eso que ahora soy incapaz de ver jugar a los niños en el parque. Claro que, a veces, veo el telediario y es el mundo el que me vence…pero casi siempre ocurre ante situaciones muy simples: un abuelo, un juguete, una pareja, una canción…Cualquier cosa y se despierta esa estúpida hipersensibilidad que se ha trasladado a la cuenta de mis ojos, y entonces soy consciente de que los detalles, al fin, son los que de verdad nunca dejaron de contar.