Suicidate que es sano

          No concibo una forma de hacer las cosas que no me lleve al suicidio. Probablemente te suene a intensa o a trágica pero es así. Siempre ha sido así, ¿qué le vamos a hacer? No es algo malo, no creas… no te lo digo en un sentido fatalista, es sólo que cuando empiezo algo no me imagino otra forma de hacerlo que no sea dándolo todo, poniendo toda la carne en el asador, ¿me entiendes?  Yo, si estoy en el punto de salida, sé -con una certeza como la que pocas veces se tiene- que cuando suene el pistoletazo de salida tengo que dejarme la piel, el pellejo y las entrañas en lo que venga por delante. Por eso unas veces muero, otras mato y a veces, simplemente, me dejo la piel con los demás, con los míos, y ya está. La cosa es que no se trata de ganar siempre sino de darlo todo. De hacer las cosas de verdad. De sentirlas. Aunque sean tonterías. A veces pienso que es sólo una manía mía, como tantas otras manías estúpidas que tengo. Pero es que no soporto las medias tintas, no soporto a los cobardes en la vida, no soporte a la gente que no es capaz de jugárselo todo por sus principios.  Por eso cuando hablo, hablo de verdad. Cuando río, río de verdad. Cuando corro y me corro, lo hago de verdad. Porque tampoco tiene sentido hacerlo de otra forma. Si es que tampoco podría hacerlo de otra forma porque, desde pequeña, siempre me ha dado igual matarme. Pero matarme de verdad. Con gente de verdad.

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