Veinticuatro.

         Resumiendo, llega un punto en el que sólo buscas a alguien que te quiera sin ponerte peros porque la edad de cambiar, y la paciencia para ciertas cosas, ya se te está pasando. Aprendes que no hay porqué tener prisa, que el mundo no se acaba, que madurar es sólo saber ajustarse mejor al tiempo.
         Después ves que hacerse mayor tampoco es tan malo, si te vas calmando, si vas viendo que es sólo aceptar que las cosas no tienen porqué ser siempre como imaginas, y aún así pueden ser maravillosas. Aprendes a no esperar, pero a sorprenderte. Interiorizas que lo mejor que puedes hacer es aprender a emocionarte de nuevo. Le sacas brillo a algunas viejas ilusiones. Aprendes que las metas no están tan lejos. Que el mundo no se está acabando. Que siempre amanece. Que todo llega. Que el tiempo pasa. Que sólo tienes que ponerte. Que todo es esforzarte. Que no hay ninguna puerta demasiada cerrada.
         Creces y asimilas que hay algunos aspectos en los que nunca vas a cambiar, y eso tampoco es tan malo. Descubres que los tópicos son verdad: al final los amigos sólo los cuentas con una mano, pero mejor así.
         Al final creces y tienes una declaración de principios que empieza con un: “quiero a alguien que me quiera sin ponerme peros porque la edad de cambiar ya me te está pasando. Si puedes bien, sino te enseño la puerta”.

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