Por si acaso

        No sabes las molestias que me he tomado por si acaso. Por si acaso me necesitas cuando no estoy. Para empezar, por si acaso he ido borrando los lados de mí que sé que no te gustan. Por si acaso yo, yo que soy de estar a oscuras, he dejado las luces abiertas por si vienes, por si acaso, he dejado hasta el rastro de migajas de pan, para que no te pierdas, por si acaso los cuentos se hacen realidad. Por si acaso he rehecho la lista de reproducción con canciones más alegres, por si acaso nos volvemos a deprimir. Por si acaso he vuelto a borrar fotos. Por si acaso me he olvidado de las veces que no nos hicimos caso, las veces que no estuvimos, las veces que no fuimos suficientes y las veces que nos discutimos para que no nos queden reproches que dar, por si acaso nos volvemos a pelear. Iba a irme, te prometo que iba a irme y, por si acaso, he vuelto a mirarte dormir, te he vuelto a arreglar las mantas, he vuelto a besarte la frente, he vuelto a mirarte, amor y, una vez más, te he sonreído a oscuras, sólo por si acaso. Por si acaso te he escrito de nuevo algunas palabras, algunas de esas que tú nunca me devuelves, no vayan a hacerte falta cuando, por si acaso, falte yo.

Suicidate que es sano

          No concibo una forma de hacer las cosas que no me lleve al suicidio. Probablemente te suene a intensa o a trágica pero es así. Siempre ha sido así, ¿qué le vamos a hacer? No es algo malo, no creas… no te lo digo en un sentido fatalista, es sólo que cuando empiezo algo no me imagino otra forma de hacerlo que no sea dándolo todo, poniendo toda la carne en el asador, ¿me entiendes?  Yo, si estoy en el punto de salida, sé -con una certeza como la que pocas veces se tiene- que cuando suene el pistoletazo de salida tengo que dejarme la piel, el pellejo y las entrañas en lo que venga por delante. Por eso unas veces muero, otras mato y a veces, simplemente, me dejo la piel con los demás, con los míos, y ya está. La cosa es que no se trata de ganar siempre sino de darlo todo. De hacer las cosas de verdad. De sentirlas. Aunque sean tonterías. A veces pienso que es sólo una manía mía, como tantas otras manías estúpidas que tengo. Pero es que no soporto las medias tintas, no soporto a los cobardes en la vida, no soporte a la gente que no es capaz de jugárselo todo por sus principios.  Por eso cuando hablo, hablo de verdad. Cuando río, río de verdad. Cuando corro y me corro, lo hago de verdad. Porque tampoco tiene sentido hacerlo de otra forma. Si es que tampoco podría hacerlo de otra forma porque, desde pequeña, siempre me ha dado igual matarme. Pero matarme de verdad. Con gente de verdad.

Cosas que no entiendo

            El mundo se está convirtiendo en un lugar que, últimamente, me da mucho asco y a veces incluso mucho miedo. Sí, miedo. Y asco. En cantidades desorbitadas. Y es una sensación que no deja de aumentar cuánto más miro mis redes sociales. Me espanta, de verdad, me espanta ver la facilidad que tenéis algunos para promover odio, a veces, quiero pensar, incluso sin daros cuenta. Cada vez que, por ejemplo, abro Facebook o Twitter o incluso cuando me ponga a leer los comentarios bajo alguna noticia en los periódicos digitales se me ponen los pelos de punta al ver la cantidad de bulos, de mentiras y de noticias falsas que se promueven a diario y que seguimos compartiendo como si nada. Y no sé, quillos, no sé cómo os creéis la primera mierda que leéis sin si quiera pararos a pensarla por un segundo.

          Me aterroriza ver como gente joven que se supone que tiene que cambiar el mundo y tener una visión amplia aparece, de pronto, con ideologías y actitudes chapadas a la muy antigua, mostrándose absolutamente inconscientes ante cualquier cosa. Veo a gente de mi edad aceptando y promoviendo, por ejemplo, más actitudes machistas, racistas y xenófobas que incluso gente un poco más mayor.

          Que hay locos en el mundo, lo sabíamos ya de antes pero lo malo es que ahora tienen legiones que los siguen y medios que los promueven. Mira ISIS o mira Donald Trump, que no los comparo…pero cada uno por su lado tiene legiones de personas que los apoyan. Es algo que no entiendo. Que por más que trato de comprender, escapa a mi entendimiento. No entiendo tampoco la frialdad que hay ante todo. No entiendo como podéis en un segundo pasar de hablar de muertos o de víctimas de violencia -con toda la naturalidad del mundo, por cierto- a hablar de vuestras vacaciones y el vestido que os vais a poner el sábado de fiesta. Por qué hay esa facilidad de odio hacia lo ajeno es algo que se me escapa.

          Con lo fácil que es hacer las cosas bien, joder. No sé como muere tanta gente al día en el mundo… no te hablo ya del mundo, no sé ni cómo hay tanta gente en nuestra misma ciudad pasándolo mal…y seguimos votando a los mismos. Yo, de verdad, no sé si no somos conscientes de que hay mundo más allá de nuestras narices o preferimos no saberlo. Y en fin… Que esto ya lo dije antes, mucho mucho mucho antes… a lo mejor algunos os acordáis, pero… lo de que todas las ideologías son respetables, no me lo creo. Yo, por ejemplo, jamás podré respetar esa crueldad hacia todos los demás en la que algunos se revuelcan, aparentemente, sin inmutarse.

Veinticuatro.

         Resumiendo, llega un punto en el que sólo buscas a alguien que te quiera sin ponerte peros porque la edad de cambiar, y la paciencia para ciertas cosas, ya se te está pasando. Aprendes que no hay porqué tener prisa, que el mundo no se acaba, que madurar es sólo saber ajustarse mejor al tiempo.
         Después ves que hacerse mayor tampoco es tan malo, si te vas calmando, si vas viendo que es sólo aceptar que las cosas no tienen porqué ser siempre como imaginas, y aún así pueden ser maravillosas. Aprendes a no esperar, pero a sorprenderte. Interiorizas que lo mejor que puedes hacer es aprender a emocionarte de nuevo. Le sacas brillo a algunas viejas ilusiones. Aprendes que las metas no están tan lejos. Que el mundo no se está acabando. Que siempre amanece. Que todo llega. Que el tiempo pasa. Que sólo tienes que ponerte. Que todo es esforzarte. Que no hay ninguna puerta demasiada cerrada.
         Creces y asimilas que hay algunos aspectos en los que nunca vas a cambiar, y eso tampoco es tan malo. Descubres que los tópicos son verdad: al final los amigos sólo los cuentas con una mano, pero mejor así.
         Al final creces y tienes una declaración de principios que empieza con un: “quiero a alguien que me quiera sin ponerme peros porque la edad de cambiar ya me te está pasando. Si puedes bien, sino te enseño la puerta”.

AMIGA

        Que el hombre es un animal social es algo que nunca he llegado a creerme del todo. Nunca me he sentido parte de ninguna manada. Nunca he sentido que alguien me necesitara en su rebaño. A lo mejor he ido a la par, con otras personas, durante un tiempo, cuando lo he creído conveniente y cuando puntualmente me han llamado para algo concreto…pero llegados a determinadas metas, he sentido que sobraba, que tenía que irme a otro sitio a buscar algo, pero que allí, si ya no aportaba, no tenía sentido quedarme. Los demás, si no me necesitaban, también tenían una tendencia natural a ir dejándome atrás.

        Nunca me he sentido encajar con otros y tampoco otros conmigo. No soy la persona que tú clasificarías como fácil. De entrada tengo un montón de líneas rojas que no puedes pasar, un montón de temas que no puedes tocar y un “pero” constante en la punta de la lengua. Lo fácil sería deciros que “soy así” y ya está. Pero mil veces he intentado cambiarme, he intentado superar cosas, hasta me he leído manuales para ser más “sociable” pero supongo que de donde no hay, no se saca. Y, justamente, para llegar a esa conclusión, aunque no lo creas, me he dado muchos golpes contra mí misma, contra mis paredes y contra todas las puertas que me he encontrado cerradas. Y, al final, cada vez más fuertes los golpes. Y cada vez más cerradas las puertas. La cuestión es que al cabo del tiempo una aprende a andar con eso y se da cuenta de que ni mejor ni peor, sólo diferente. Y después de más tiempo aún y más lluvia aprende que, aun así, “diferente” casi siempre significa mejor.

        En conclusión, nunca he sido de nadie, salvo de aquellos a los que he elegido. Pero, ya se sabe, toda regla tiene su excepción. Mi excepción se llama Adela. Sucedió un día que apareció en mi vida una persona, personaje o cosa, no sé cómo decirlo para definirla bien… una niña saltarina, una tía inquieta, una tipa que no paraba de hacerme preguntas…que hasta me hablaba, me sonreía y se reía viendo como yo me ponía borde. Alguien que me entendía. O que me aceptaba. Alguien que me sacaba de paseo, porque a mí hay que sacarme de paseo, sino soy ermitaña. Ella es un ser, sí, “ser” porque clasificarla como simple humana mortal sería limitar su grandeza… un ser que me suaviza, que me saca el veneno y, en definitiva, hace de mi una persona mejor. Alguien a quien llamar amiga, aunque la palabra se quede corta para describir lo importante que es en mi vida. Creo que nunca le he agradecido lo suficiente todo lo que ha hecho por mí. Es más, creo que ni siquiera se lo he dicho nunca. Y no sé tampoco hasta qué punto es ella  misma consciente de que fue quien me abrió las puertas que se me habían atrancado durante tanto tiempo.

       Se merece un homenaje, una estatua en el centro del pueblo….yo que sé…se merece que me la lleve al fin del mundo y que nos quedemos allí a disfrutar las vistas, que seguro que es bonito. Con ella, en realidad, podría recorrer el mundo entero, lado a lado. Probablemente, cada una a un lado, pero sin separarnos nunca. Como dos mitades de un algo que no tienen porqué encajar, pero que se pertenecen la una a la otra. Podría escribir un libro enterito  para contaros todas las payasadas, tonterías, y cosas sin sentido que hemos hecho juntas. Y todos los dramas que nos hemos montado y hemos superado, cada una a su lado de la vida, pero, como decía, siempre sin separanos. Podría escribir otro libro, además, para deciros lo genial que es, pero, probablemente sería demasiado cursi y yo tengo, claro, una imagen pública de persona borde antisocial que mantener, y ella lo sabe bien, así que Adela, cariño, hijjjjjjaaaaamia: TE QUIIEEEERO. Y ya está.

        Y gracias.

        Y felices 23.

Título

       Mucha gente me ha preguntado por el título del blog. Pues bien…Viene de éste poema de Javier Egea. ¿Por qué este poema y no otro? Por lo que significa, supongo. Pero eso mejor os lo cuento otro día. De momento, pasen y lean.

                     Noche Canalla
Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.

Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.

La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.

Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.

A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir .
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.
                                 
                                        (Javier Egea)

En gris.

Me estoy muriendo. Lo noto. Me vuelvo torpe. Me siento cansada.
Noto que me olvido de cosas. Lo sé. Que a veces me falta lucidez, que pierdo agilidad. Que muero, literal, de ganas de abrazarte.
Noto que fallo, que equivoco las palabras. Que olvido. Que repito. Que se me oxidan las ideas. Que no acierto a leer bien, que no esrcibo como siempre, que me confundo. Que muero a veces de ganas de no despertar.
Pierdo mi siempre infinita paciencia. Pierdo la noción del tiempo. Pierdo cosas. Me pierdo yo.
El mundo se hace grande. Me voy haciendo pequeña.
Muero.